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Réquiem a Juan Arístides Taveras Guzmán

«Nadie puede medir sus propios días, hay que resignarse. Sucederá como desee la providencia». Mozart

Un intelectual de la estatura moral y política impecable como fue Juan Arístides Taveras Guzmán, a su muerte, el féretro con sus restos debería transitar por un camino adornado con orlas de oro; su pluma luminosa y elegante, de trazos exquisitos, en sí misma un poema, similar al poeta español Jaime Gil de Biedmal, quien hizo de su obra poética una experiencia y no una efemérides. La oratoria de Taveras Guzmán fue relevante, a lo Pericles, cuyos discursos tribunicios por su belleza y soberbia hacían que el público que le escuchaba se fascinara con su prosa.

Este excelente ser humano enseñó en vida una especie de arrebato por la cultura literaria y logró dejarle a la posteridad el producto de un academicismo extraordinario y fértil, hasta el grado que algunos de sus más íntimos le llamaron a este dominicano ilustre «pico de oro», como fue conocido el político y escritor don Emilio Castelar, el más elocuente orador español en el mundo de la oratoria y de los discursos parlamentarios.

Como expresara el poeta y escritor ecuatoriano Medardo Ángel Silva, para este articulista Juan Arístides Taveras Guzmán escribía con la unción del poeta español fray Luis de León, la gloriosa frescura del vino añejo del Marqués de Santillana o la pureza del poeta castellano Jorge Manrique, autor de las célebres Coplas a la muerte de su padre.

En una ocasión, sucedió en el Teacher College de la Universidad de Columbia, de la ciudad de Nueva York, me correspondió a mí como abogado e intelectual hispano-estadounidense, por elección propia de este prestigioso mocano, presentarlo en una conferencia sobre Filosofía Política Contemporánea, donde él era el expositor invitado; expresé en aquel regio paraninfo académico que el orador era esperanza de futuras glorias, pero que tenía que resignarse a ser una esperanza vitalicia: «Si sospechan que puedes hacer tambalear sus tronos de pontífices te lapidarán».

En mi intervención tuve la osadía de advertirle que si iba a la muchedumbre a darle, como Cristo, el pan de la carne y el vino de tu sangre, «en tus prosas llenas de hermosuras dirán que mendigas los aplausos de la ignara turba y que estás sediento de glorias de plaza pública, si te encierras en tu yo, como en la torres inaccesible del escritor francés y conde de Vigny, Alfred de Vigny, desdeñoso de las modas literarias y de la novedad demandada, te tacharán de ególatra y se hará el vacío a tu alrededor. Los queridos “compatriotas” serán tus más fieles detractores. Eso no significa que se abstengan de elogiarte cuando tú puedas pagar el elogio en igual y más valiosa moneda».

Taveras Guzmán, cariñosamente Títole, fue un conversador copioso como la pertinaz lluvia y un fiel amigo a carta cabal y sin dobleces. Sus discursos públicos, llenos de persuasión, deben de ser recopilados, como expresó la eminente escritora y literata, María Souto, refiriéndose a los discursos del brillante parlamentario que fue Castelar:

«El ritmo poderoso de sus discursos, la rica imaginería que los vestía suntuosamente, la reiteración que martilleaba una y otra vez el mismo argumento en el auditorio, no podían menos que recordar a sus modelos: los retóricos romanos, los oradores de la revolución francesa. Y con todo, esas largas batallas verbales que llenaban el tiempo y los bancos de las cortes, que el pueblo comentaba en los cafés y en la calle, constituían una especie de gran teatro».

El abogado y escritor Juan Arístides Taveras Guzmán era un político que se identificó y sostuvo de manera primorosa la creencia de una ortodoxia del balaguerismo como filosofía social, de ahí que escribiera en 1977 La IV República: la de Balaguer, una serie de pensamientos y disertaciones que legitimaban las ideas racionalistas de su líder Joaquín Balaguer, sobre la cuales afirmaba la ideología de la que él llamó La cuarta república.

Ningún otro miembro del viejo Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) fue más vehemente y enfático sobre este planteamiento filosófico-político que él. Solo aquellos otros hombres talentosos, como Héctor Pérez Reyes y Víctor Gómez Bergés, fueron considerados, dentro de ese partido, con las capacidades intelectuales similares a Taveras Guzmán. Los tres eran grandes oradores al estilo de Demóstenes, con sacrosanta potestades dentro de los límites de esa organización política.

Para Taveras Guzmán Joaquín Balaguer era ese «ser fundamental» radicalmente distinto a cualquier contingente intramundano o a «lo dado» que José Ortega y Gasset considera que poseen una conciencia fragmentada que no sirve para darle sentido al mundo. Para el escritor, político y hombre de estado mocano los hombres como Balaguer solo se encuentran en el «ser fundamental» o en «el todo» de Gasset.

Precisamente, leyendo a Ortega y Gasset en su obra Meditaciones del Quijote llego a la comprensión que la fortuna política de Joaquín Balaguer se debió a que este líder indiscutible supo hacer uso de las circunstancias y para explicar esta particularidad sostengo que su razonamiento se edificó sobre la base de: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Juan Arístides veía a Balaguer desde la teoría del «raciovitalismo gassetaniano», para quien la vida humana es la realidad radical, o sea, aquella en la que aparece y surge toda otra realidad filosófica.

En sentido estrictamente conceptual debo decir que en ausencia de otro intelectual reformista de su época, en Juan Arístides Taveras Guzmán se condensó toda la pureza de la erudición social y ontológica del balaguerismo, como creencia o expresión política de gobernanza. De aquí que me atrevería señalar que la muerte de este hombre de estado deja un vacío en la capacidad que él poseía de reflexionar y debatir temas de vigor político.

El enterramiento de este ilustre y talentoso hombre, oriundo de Moca, provincia Espaillat, debió seguirser el ritual de los griegos cuando moría un hombre de la estatura de Juan Arístides Taveras Guzmán, con epitafios o pequeños poemas de elevada calidad literaria, que informaban al caminante sobre la personalidad del difunto y la huella que había dejado entre los vivos. Se me ocurre terminar este trabajo a Juan Arístides Taveras Guzmán con una estrofa del poema Réquiem de Amado Nervo:

«¡Divino espíritu, Paráclito, aspiración del gran Javeh, que unes al Padre con el Hijo, y que siendo el Uno sois los Tres; por la paloma de alas níveas, por la inviolada doncellez de aquella Virgen que en su vientre llevo al Mesías Emmanuel; por las ardientes lenguas rojas con que inspiraste ciencia y fe a los discípulos amados de Jesucristo nuestro bien: réquiem aeternam dona eis, Domine, el luz perpetua luceat eis!»

jpm

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