Actividades clientelistas y demagógicas

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EL AUTOR es contador publico autorizado. Reside en Nueva York

Las actividades clientelistas y demagógicas de los aspirantes a candidatos, Leonel Fernández y otros que les hacen competencia, raya en lo burlón, humillante y lo ridículo. Con ello lo que hacen es ofender a la sociedad y aprovecharse de la pobreza de personas muy humildes, quienes son capaces de permanecer largas horas bajo un ardiente sol para recibir sorpresivamente, una cajita de espaguetis, una botella de aceite y una botellita de ron.

Estos políticos dan vergüenza, no saben lo bajo que caen cuando realizan esas canalladas humillantes. Es algo que debería ser sancionado por la crítica consecuente de los sectores que protagonizan los medios de comunicación masiva, en vez de hacerse de la vista gorda ignorando, pero también apoyando en muchos casos tales actos vergonzantes.

El espectáculo es bochornoso y degradante. Ver tantas personas detrás de una pírrica ración de comida dice mucho de la mediocridad y mezquindad de que están llenos esos politiqueros ya desacreditados por sus propios actos, que llegan a esos extremos de bajeza, al poner de mojiganga a tanta gente necesitada.

 

Pero el que debe tener aunque sea un poco de vergüenza es el ex presidente, que habiendo ejercido la presidencia por tres períodos, insiste en volver a dirigir una nación, que a pesar de los 12 años en que la dirigió, habiendo disfrutado de una época de alto crecimiento económico coyuntural, debido al boom del turismo, no resolvió uno solo de los problemas fundamentales que afectan a la población e impiden el desarrollo cualitativo de la nación.

Todavía y a pesar de 18 años de gobiernos peledeistas, persisten deficiencias endémicas, como el engorroso problema de la deficiencia en el pésimo servicio eléctrico, el que se manifiesta desde hace más de 50 años en odiosos y dañinos apagones. El ineficiente servicio de agua y la recogida de desperdicios en la capital y otras ciudades. El anárquico servicio de transporte colectivo, los bajísimos salarios, y para colmo, el peligroso y acelerado avance de la delincuencia común y organizada.

A ello se suma la impunidad descarada que favorece el auge de la corrupción en la administración pública. El caso relacionado con Odebrecht ha puesto en evidencia la poca voluntad de la dirigencia política, los presidentes salientes, y del actual y principalmente de la inútil justicia, en combatir ese flagelo que constituye un gran obstáculo para el fortalecimiento del Estado de Derecho, la transparencia, la democracia y el desarrollo cualitativo de la nación.

Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina, han gobernado los últimos 22 años con más pena que gloria, dejando atrás un legado muy mediocre como ex presidentes, por lo que deberían fungir solo como mudos observadores, retirados tranquilamente en sus hogares, ya que así les harían un gran favor a un país que en realidad lo que necesita es un cambio rotundo en la la conducción del Estado, que nos guíe hacia los senderos luminosos del progreso y el bienestar generalizado.