Marino Zapete y la profanación de los templos

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EL AUTOR es escritor. Reside en Uruguay.

Los países tienen lugares simbólicos destinados a rendir honor a los hombres y a las mujeres que dedicaron sus vidas a las luchas por la libertad.  En algunos de esos descansan los restos de héroes y próceres. Son esferas respetadas e improfanables.

Escribo esta nota para hablarles de algo que ocurrió hace mucho tiempo. Doce meses. Trece meses tal vez. Más o menos. La profanación de las tumbas de los héroes dominicanos.

Marino Zapete, acreditado periodista a quien en su momento he admirado y respetado, asumiendo la defensa de la masiva invasión que de manera indetenible llevan adelante los haitianos a través de todo el territorio de la República,  concentró a un centenar de nacionales de ese país y los condujo  hasta el  Altar de la Patria a protestar contra la postura de los dominicanos (o contra la política migratorio del Estado, una cosa o la otra) ante ese contexto.

Para Zapete, el dominicano es racista. Sobre ese absurdo me gustaría en un terreno civilizado debatir con él.

Tuve el convencimiento de que llevar haitianos al  monumento de mayor simbolismo,  al templo donde están las cenizas de los hombres que organizaron y llevaron a cabo la lucha  contra los haitianos para liberarse de ellos tras 22 de años  de ignominiosa colonización y 12 años de guerra sostenida,  fue algo muy fuerte y me sentí herido.

Sentí que el autor de esa “hazaña” estaba profanando el templo de los héroes para humillar la dignidad del pueblo dominicano, un pueblo que en 500 años de historia ha librado todas las luchas para sobrevivir como nación,  ha derramado todas las sangres desde los niños que murieron degollados en Moca hasta la muchacha llamada Cielo García hoy con los brazos mutilados; ha utilizado todas las estrategias y ha puesto en marcha extraordinarias energías para defenderse de Haití, desde el 1801 hasta la fecha de hoy; y a lo largo de la historia, de otros países como España, Francia,  los Estados Unidos e Inglaterra.

Dominicana nunca atacó ni ofendió ni  invadió a Haití ni a otro pueblo del mundo. ¿Puede Zapete decir lo mismo de su amada nación haitiana?

Quizás argumente a favor de sus intereses o simplemente de su forma de pensar, que eso es historia y que a la historia hay que pasarle borrón y cuenta nueva. No pongo este dicho en su boca, solamente pienso en voz alta.

Decidido por el trato indiferente que le dio la autoridad judicial a la profanación del templo de los héroes,  el citado repitió la acción pero esta vez en el Monumento de Santiago.

Ese monumento es una pirámide erigida desde 1944 con el aporte económico de cada uno de los santiagueros para conmemorar  los 100 años de la Independencia conquistada tras sangrientas luchas contra los haitianos.   Posteriormente, además, fue destinado a honrar a los combatientes de la guerra contra España: El inolvidable Gaspar Polanco a la cabeza; Gregorio Luperón Pedro Antonio Pimentel, Santiago Rodríguez, José Cabrera, Benito Monción, Ricardo Curiel, José Durán, Aniceto Martínez, Pedro Florentino,  Ángel Félix…

¿Acaso Zapete no recuerda (o no quiere recordar) que tan pronto se proclamó la independencia el 27 de febrero, Haití lanzó contra la República el 19 de marzo del 1844 la guerra general más despiadada de América (solamente comparable a la de la Triple Alianza-1864-1870-, en Paraguay) y que fue en Santiago de los Caballeros donde más se luchó antes y después del 30 de marzo, donde más sangre se derramó para detener la furibunda ofensiva lanzada por el país vecino?

Santiago de los Caballeros es un orgullo de la conciencia nacional, es la ciudad más heroica de América. Allí se le puso el colofón a dos grandes guerras y ese monumento es el emblema de todas las batallas.

El acto en Santiago de los Caballeros fue un segundo intento de Marino Zapata por humillar a los habitantes de este país.  Eligió los dos monumentos donde está la esencia del ser dominicano, donde se guarda la memoria y se recuerda el valor de las mujeres y de los hombres quisqueyanos.

La intención era golpear el orgullo dominicano en el punto de mayor sensibilidad.  Por donde más le podía doler. Como dicen en nuestros campos “matando a la perra se acaba la rabia”.

Bien. Pero el distinguido periodista olvidó la enseñanza de aquella balada de la revolución mexicana citada por don Juan Rulfo en el legendario libro El llano en llamas: “Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos”.

Y los perritos siguen ladrando.

Zapete es un gran admirador del modelo gubernativo estadounidense, inclusive a Dominicana la considera “el solar” de Boston, New York y la Florida. Ahora bien: ¿Se imagina él la consecuencia que asumiría un ciudadano de Estados Unidos si, inconforme con la política de la Casa Blanca hacia los afganos, reuniera a unas cuantas decenas de musulmanes chiitas o sunitas y los llevara a protestar contra las leyes de los Estados Unidos en el Memorial del 9-11, donde se rinde tributo a los caídos durante los atentados terroristas?

¿Qué les pasaría si con el mismo u otro motivo llegaran hasta el Pentágono Memorial, en Arlington, Virginia, donde se recuerda a las víctimas del vuelo 77 de American Airlines durante los acontecimientos del 11 de setiembre?

En Estados Unidos ningún ciudadano incurriría en el acto de ponerse al servicio de poderes extraterritoriales como hacen quienes financian con fondos provenientes del exterior la campaña para haitianizar las plantaciones agrícolas,  los centros urbanos, montañosos, costeros y turísticos de la República Dominicana.

¿Se puede creer que el ciudadano capaz de esa acción se iría a casa tal si lo cometido fuera normal?  No. Recibiría lo mínimo una condena judicial, quizás cientos de años en la cárcel, además de la condena de la prensa y el repudio general de la sociedad. ¿Ejemplo? Revise los diarios y encontrarás los antecedentes de sus paralelos (muchos tuvieron que exiliarse para siempre).

En Rusia les pasaría lo mismo a inmigrantes de cualquier nacionalidad, caras pintadas, organización o secta, si  encabezados por un ruso o no, hicieran eso en el monumento del Fuego Eterno, donde están los restos de los soldados muertos durante la ofensiva nazi de los años 1941 al 1945, o al Museo Central de la Gran Guerra Patria.

Lo mismo le pasaría en Chile a cualquier dirigente, sin importar que sea periodista, obrero o doctor,  si reuniera a seguidores de Augusto Pinochet y los llevara a organizar un acto en el Museo de la Memoria donde, precisamente, se honra a las víctimas del régimen Pinochet.

Aquí, el citado profesional de la comunicación actúa con la seguridad de que, tras su desempeño, no habrá régimen de consecuencia  sobre él,  convencido de que le tiene pisada la cola al Poder Judicial.

Ya que Haití no puede darle marcha atrás a la historia y aprender que a los pueblos vecinos hay que respetarlos y tratarlos como amigos, tiene que pedirles perdón a los dominicanos. Y Marino Zapete también debe pedir perdón por el ultraje a la dignidad de los héroes de este país.

Zapete ha jurado darlo todo por los haitianos, lo he escuchado en sus programas de televisión.  Ese juramento lo ha llevado a ignorar que esta patria tiene 300 años defendiéndose de los haitianos, de sus ataques y de las pretensiones  de avanzar territorialmente sobre la nación que fundaron Juan Pablo Duarte y los Trinitarios. Aunque para él, hoy, Duarte no sea más que un señor racista.

Y puede serlo para él, y para quienes defienden sus mismos intereses. Algún día debe enterarse que hay 10 millones de dominicanos que valoran a Duarte como un pensador y hombre de acción, un visionario, hombre lúcido de ideología revolucionaria que no tuvo odios ni ambiciones de poder. Un hombre que lo dio todo, hasta el patrimonio familiar, para que los dominicanos seamos dominicanos y tengamos un país llamado República Dominicana.

Los haitianos, envalentonados  por el soporte que reciben de los  países ricos, de las ONG y de periodistas que actúan como Quinta Columna, intentan robar el mundo que a fuerza de heroísmo construyeron nuestros padres con su trabajo, sus luchas, con sacrificio y derramando sangre en los campo de batalla.

Dominicana no solo ha luchado contra Haití (su más tenaz perseguidor), sino también contra estadounidenses, españoles, ingleses y franceses. Todo por la soberanía.

Llevar haitianos al Altar de la Patria y al monumento de Santiago de los Caballeros,  la heroica ciudad que ardió en llamas,  quemada para evitar que caiga bajo dominio extranjero, es muy fuerte.

Zapete olvidó, y yo le hago acuerdo,  que el 6 de setiembre del 1863 Santiago fue quemada por orden de Gaspar Polanco, uno de sus más egregios defensores, para que no caiga en manos del imperio español. Probablemente, para restarle mérito al orgullo dominicano, dirá que esa acción fue tomada por motivo de racismo contra la blanca España, porque la mayoría de los combatientes eran negros  como el propio Gaspar Polanco.

Olvidando, porque no sabe o porque no quiere saber, que el único país racista de América, además de los Estados Unidos, fue, es y ha sido Haití.  ¿Ignora que, exceptuando a  Estados Unidos y África del Sur, es en Haití donde se han cometido los más aberrantes crímenes raciales?

Si los haitianos continúan entrando en masa como lo están haciendo, sin fijador en la frontera; si no son sacados hoy los millones que ilegalmente han ocupado nuestros barrios,  dentro de 20 años, lo que fue una vez un territorio puro, como dijo el poeta Pedro Mir, un territorio sin tacha, habrá retrocedido a la edad media en materia de convivencia social, inseguridad ciudadana, comercio, negocios, salud pública, vivienda; se repetirán por miles los casos de Cielo García y la República se reflejará en el espejo de lo que es Haití mismo hoy.

Mientras tanto, al año de haber profanado los templos de los héroes, en mangas de camisa, pisando cada vez más fuerte la extensa cola del Poder Judicial, Marino Zapete va por las bulliciosas calles de New York, Boston y New Jersey, buscando apoyo entre la diáspora para profundizar la haitianización de la República Dominicana.