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Por Rey Díaz
Especial para el Listinusa.net
El relato del evangelio de Juan sobre el juicio sumario efectuado por las autoridades judeo-romana describe el dialogo entre Jesús y el gobernador de Jerusalén Poncio Pilato. Este dialogo tenía un matiz político-religioso y las acusaciones contra Jesús, implicaban un grave delito ante los representantes del Imperio Romano y el Sanedrín judío en dicha ciudad. Aunque debo aclarar, que todas las acusaciones contra Jesucristo eran falsas, testigos falsos y las imputaciones eran inaceptable en una corte penal donde se dé seguimiento al proceso legal de la jurisprudencia y que a su vez se respecte el código procesal penal en un sistema democrático que garantice un juicio imparcial.
Ahora bien, sí a Jesús lo identificaban como el Rey de los judíos, eso implicaba que estaba en abierta oposición contra el impero romano. En término general, los imperios, y las dictaduras de derecha o de izquierda, no aceptan oposición de ningún tipo. Tampoco, aceptan la opinión pública de los demás.
Coartan la libertad de expresión, y no toleran la diversidad de criterios. Podemos notar, que, en el pretorio, Pilato interroga a Jesús, “¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús entonces le respondió: “¿Dices tu esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?” El dialogo continua y Pilato se dirige otra vez a Jesús:
¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús a Pilato, “Mi Reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.
Estas declaraciones de Jesucristo hablan de un reino, que no es de este mundo, cuyos amigos, por voluntad divina, han decidido no interferir con el propósito por el cual Jesús vino a este mundo.
Su trayectoria ya estaba trazada, no había vuelta atrás y Jesús estaba estableciendo la base fundamental de su reino acá en la tierra, cuya duración se extiende por toda eternidad. Ese reino tenía implicaciones celestiales más allá de la comprensión de Pilato y de los principales sacerdotes que habían arrestado y acusado a Jesucristo como violador de los preceptos judíos, y en contra del emperador romano Tiberio
Julio Cesar Augusto. (Juan 18:33-36).
Luego de este dialogo, entre judíos, Pilato y Jesús, el gobernador regresó al Pretorio y amenazó a Jesús ya que disponía de autoridad, con la cual él podía disponer la crucifixión, o podía salvarle la vida. Y Jesús entonces le responde: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene”. El evangelista Juan dice que desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo: “Si a éste sueltas, no eres amigo de Cesar; todo el
que se hace rey, a Cesar se opone”. Fue entonces cuando Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal llamado el “Enlozado”, y en hebreo “Gabata”.
Desde allí, Pilato presentó a Jesús como Rey de los judíos, pero ellos gritaron: “Fuera, fuera, ¡Crucifícale!
Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: “No tenemos más rey que Cesar. Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado.” Tomaron pues, a Jesús, y le llevaron al Gólgota para ser crucificado.” Esta es la mayor injusticia histórica que se haya cometida contra un ser humano que a su vez es Dios con nosotros.
La discusión presentada por el evangelio de Juan tiene que ver con el título de Rey, y ¿qué tipo de Rey es en sí Jesús, y si su reino es o no es de este mundo, que implicación tiene eso para nosotros? Ahora bien, aunque Jesús aclara que su reino no es de este mundo, esto produce un efecto de repercusión sociopolíticas para todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras. Esto indica, además, que su vida, muerte y resurrección tiene relevancia en la vida de cada ser humano de como conducirse en este mundo. Además de lo que eso implica, hay que tener en cuenta la respuesta individual de cada uno de
nosotros hacia el reino de Dios, si nos vamos a involucrar en adhesión o no a ese reino. De eso dependeen qué lugar pasaremos la eternidad.
Sí Jesús es Rey, y si su reino no es de este mundo, entonces, cuáles son las implicaciones de las palabras de Jesús a Pilato. El anuncio de su reinado empieza con los profetas del Antiguo Testamento. Juan el Bautista es quien une la línea profética entre el Antiguo y el Nuevo Testamento pues proclama el advenimiento del reino de Dios cuyo digno representante llegará en breve. Según Juan el Bautista, la primera vez que Jesús llegó fue para bautizar con el Espíritu Santo y con fuego a sus seguidores. Juan el Bautista como mensajero ha sido enviado por Dios para proclamar la llegada del nuevo Rey. El Bautista,
sumergía en las aguas bautismales a la gente que venía donde él, confesando sus pecados,
arrepintiéndose de su maldad para luego ser bautizados en las aguas del Rio Jordán.
Para Juan el Bautista Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Luego, Jesús apareció en el escenario del Rio Jordán para ser bautizado y así iniciar el cumplimiento profético de su misión en el mundo de salvar y guiar a todos los que esperaban su llegada. En él se cumplieron las profecías bíblicas como están anunciadas en las Escrituras. En primer lugar, se es parte de ese reino por la fe en Jesucristo. No tienes que pagar nada, no tienes que ofrecer ningún sacrificio para ser parte de este
reino. Recuerdas que Jesús proclamó el evangelio del reino de Dios. Esa buena nueva fue descrita también como el evangelio del reino de los cielos.
Ese anuncio es una invitación a pertenecer a él, a ser parte de ese reino eterno. Jesús murió por el pecado de todos los seres humanos. Y somos salvos de la eterna condenación que se aproxima a la humanidad, pero si nos acogemos a la proclamación del evangelio, seremos salvo por la fe en el sacrificio de Jesús en la Cruz. Como ciudadano de ese reino, existen ciertas normativas para los pertenecientes al Señor Jesucristo. En primer lugar, los pertenecientes a ese reino adoran al trino Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es decir, rechazan la adoración de los ídolos. Esa práctica idolátrica hacia cualquier otra figura o deidad hecha con manos humanas está prohibida en las Sagradas Escrituras. Por tanto, la adoración debe estar dirigida solo al Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un Dios en tres, personas.
En segundo lugar, el adorante debe buscan congregarse en una iglesia donde se predique la palabra de Dios y se enseñe la sana doctrina. Las personas son llamadas a ser parte del cuerpo de Cristo, la Iglesia.
Dios desea que pertenezcas a una iglesia local para ayudarte a crecer en tu fe, y en desarrollar los dones del Espíritu Santo. Así irás madurando en la fe cristiana, siendo útil al Señor y a la iglesia.
En tercer lugar, los creyentes son llamado a descubrir los dones del Espíritu Santo, para ponerlos en uso en la iglesia y así podrás ganar a otros para el Señor. Eres llamado a apartarte de toda forma de pecado, mentira, idolatría, fornicación, adulterio, borracheras, pecados como la homosexualidad, lesbianismo, odio, calumnias, robo, engaño, etc. 1 Corintios 6:9 dice: ¿No saben ustedes que los que cometen injusticias no tendrán parte en el reino de Dios? No se dejen engañar, pues en el reino de Dios no tendrán parte los que se entregan a la prostitución, ni los idolatras, ni los que cometen adulterio, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los que roban, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni
los ladrones. Y esto eran antes algunos de ustedes; pero ahora ya recibieron el baño de la purificación, fueron santificados y hechos justos en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.
Por la fe en Jesucristo, Dios nos llama a una vida santa, justa, apartada del pecado, de la maldad en todas sus manifestaciones; para que seamos un pueblo santo en el Señor. Por tanto, los frutos del Espíritu Santo, en el creyente, son la muestra autentica de pertenecer al reino de Dios. El sello del Espíritu Santo es la marca que señala que pertenecemos a ese reino eterno.
Ahora bien, la ética política del reinado de Dios está basada en la forma de conducirse después de que abrimos nuestros corazones al Señor y confesamos su nombre como nuestro único y suficiente Salvador. El amor a Dios y al prójimo serán la vía correcta que nos conducirá a través de las escrituras a seguir el camino recto que nos conduce al reino de los cielos. Jesús dijo, “Yo soy en camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).
El Reino de Dios esta por encima de todos los demás reinos que han existido en la tierra, o que existirán en el futuro. Es un reino sempiterno, justo, bueno y perfecto porque allí no podrá entrar ninguna cosa que haga abominación, ni que hable mentira. Dios será nuestro soberano Rey. El dirigirá su reino desde su Trono de Gloria en su santuario celestial. No habrá muerte, ni sufrimientos, ni dolor, ni llanto, ni enfermedades, ni ningún tipo de conflicto. Será un reino de gozo y paz en el Espíritu Santo.
Los reinos y los gobiernos de este mundo están basados en principios humanos, por las diferentes filosofías políticas y razonamientos partidistas creados por los humanos. Nosotros tratamos de ser justos. Usamos también la demagogia y prometemos a los votantes un sin número de cosas buenas, pero cuando los políticos llegan al poder hacen todo lo contrario de lo prometido en campaña. Los mentirosos pertenecen al reino de las tinieblas guiados por su líder el Diablo.
Jesús predicando a los judíos de su tiempo quienes creían ser hijos de Abraham, les dijo: “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que ha hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre.
Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. Jesús entonces les dijo: si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mi mismo, sino que él me envió. Más adelante dice Jesús a los judíos, “Vosotros sois de vuestro padre el Diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él.
Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”. El reino del Diablo está controlado por la mentira, el reino de los cielos esta basado en la verdad, uno es de tinieblas y el otro es un reino de luz. El Reino de Jesús no es por naturaleza de este mundo, hay en Jesús una cosmovisión celestial, distinta a los reinos de este mundo. Es un diseño, incomparable con los reinos que han existido en el planeta tierra. Aunque, muchos autores han tratado de descifrar ese reino, como San Agustín en el siglo IV, en su obra “La Ciudad de Dios”, o Thomas More en su libro “Utopía” Siglo XVI. Los reinos
humanos no se aproximan ni de lejos, al reino de Dios.
Es decir, a través de los años de nuestra historia universal, muchos políticos y religiosos han tratado de interpretar los elementos de ese reino celestial, pero cada intento de construir ese reino siempre termina en fracaso pues resulta imposible que un sistema político divino pueda concebirse desde la tierra, y que alcance la plenitud del Reino de Dios. En el mundo impera, la maldad, el engaño, el pecado, la injusticia, las guerras, la corrupción, el soborno, el hambre y la miseria.
Así que todo intento de construir ese reino, cae en las limitaciones humanas de concebir y realizar ese reino según él plan trazado por los hombres, dejando a Dios fuera de la ecuación. Aún, en la iglesia cristiana, encontramos muchas fallas, y deficiencias porque no siempre sabemos interpretar las Escrituras correctamente, y lo peor de todo es que muchas iglesias ni siquiera hacen el intento de seguir las Sagradas Escrituras. Las palabras del apóstol San Pablo nos aseguran que “En parte conocemos, y en parte profetizamos; más cuando venga lo perfecto, lo que es en parte se acabara.” (1 Corintios 13:9-10).
versión Reina Valera, 1960.
Al morir y resucitar por el pecado de la humanidad, Jesucristo fue a preparar ese reino, para todos los que creen en él. Como todos somos parte de su creación, ese reino estará compuesto de toda tribu, raza, pueblo y nación. Ese reino incluye gentes de todas las culturas, pueblo y lenguas sobre la faz e la tierra. En Cristo, Dios está formando un pueblo Santo, para que estemos con él, en ese lugar viviremos en paz, rodeado de la justicia divina, no habrá por tanto ningún tipo de injusticia. En la tierra aún la mejor justicia humana es como trapo de inmundicia delante de los ojos de Dios.
Por lo demás, no habrá jueces que vendan sus sentencias, ni ficales atracadores, ni un ministerio público que se parcialice en su investigación a favor de unos, y en contra de otros menos poderosos. Tampoco, habrá elogios para los corruptos en el juicio final, sino más bien, reproches y una sentencia de muerte eterna, donde el fuego arde por siempre; y las almas de las personas condenadas por su maldad estarán siendo consumidas por las llamas de ese fuego eterno. El camino más seguro para ser parte del reino de Dios es arrepentirse, convertirse y servir al Señor Jesucristo. Ni el dinero, ni el oro, ni las armas de guerra podrán defender al culpable a la hora del Juicio final. Solo la sangre de Cristo limpia al pecador de todos sus pecados.
Solo aquellos que se han arrepentido de sus pecados y hayan aceptado el plan de salvaciónque Dios nos ofrece gratis, podrán disfrutar de ese reino inconmovible. El profeta Amos nos recuerda:
“Prepárate para venir al encuentro de tu Dios.” (Amos 4:12).