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jueves, julio 25, 2024

El temor occidental a la contraofensiva ucraniana: ¿un abandono encubierto?

Luis Gonzalo Segura

Ex teniente del Ejército de Tierra expulsado por denunciar corrupción, abusos y privilegios anacrónicos. Autor del ensayo El libro negro del Ejército español (octubre de 2017) y las novelas Un paso al frente (2014) y Código rojo (2015) @luisgonzaloseg

Hiroshima ha sido la sede en la que el G-7 ha decidido reunirse. La ciudad en la que Estados Unidos ha querido defender los valores democráticos occidentales frente a Rusia. Y no es casualidad. Es la forma que tiene Estados Unidos de exponer al mundo que se encuentra por encima del bien y del mal. Del derecho y de los deberes. Por encima de los derechos humanos. Por encima de todo. Porque la tristemente famosa ciudad japonesa fue convertida por los norteamericanos en un horno crematorio el 6 de agosto de 1945 con un aterrador balance: más de 70.000 personas, la mayoría mujeres, niños y ancianos, pulverizadas. No fue un blanco elegido al azar ni un episodio aislado.

Alemania había sido bombardeada con miles de kilos de explosivos y reducida a cenizas dejando más de 300.000 muertos y múltiples ciudades, como Dresde, convertidas en un amasijo de escombros y cadáveres. Siguiendo el ejemplo de vencer mediante el asesinato masivo de civiles que tan buenos resultados había ofrecido en Alemania, Tokio había quedado tan devastada por las bombas de napalm arrojadas sobre su población civil que no pudo convertirse en el objetivo de la bomba atómica.

La ciudad ya era un amasijo incandescente en el que ya habían fallecido entre 80.000 y 120.000 personas. De nuevo muchas de ellas civiles. Por eso la primera bomba atómica arrojada cayó en Hiroshima. No fue la última, pues, tres días después, Nagasaki fue también destruida con una segunda bomba todavía más potente que la primera (20 por 16 kilotones de TNT). Debe ser que la destrucción de Hiroshima supo a poco a los norteamericanos.

¿Es una gran mentira la contraofensiva ucraniana?

Con estos mimbres, más de medio millón de civiles salvaje e innecesariamente asesinados, Estados Unidos decidió erigirse en promotor y defensor de los derechos humanos tras la guerra. Así, sin más. Porque sí. Porque hemos ganado y punto. Y Occidente, sobre todo Europa, que llevaba siglos asesinando, esclavizando, maltratando y violando América Latina, África y Asia, lo aplaudió. ¡Qué gran idea, oye!

Lo escrito hasta ahora no es baladí. No es baladí porque Hiroshima encarna a la perfección lo que representan los derechos humanos y los valores democráticos para Occidente y, también, por supuesto, emborrona en gran medida el relato occidental sobre la gran batalla entre democracias y autocracias que se supone que se está librando en Ucrania en la actualidad. Un nuevo ejercicio de cinismo e hipocresía al que acaba de sumarse un nuevo episodio: la contraofensiva ucraniana.

Hiroshima encarna a la perfección lo que representan los derechos humanos y los valores democráticos para Occidente y, también, por supuesto, emborrona en gran medida el relato occidental sobre la gran batalla entre democracias y autocracias que se supone que se está librando en Ucrania en la actualidad. Un nuevo ejercicio de cinismo e hipocresía.

Una contraofensiva que, según los medios de comunicación, es inminente y terminará de desnivelar la guerra de forma definitiva a favor de Ucrania. El problema de esta contraofensiva y su letalidad es que el conocido botón nuclear bancario era capaz por sí mismo de destruir la economía rusa; las sanciones económicas iban a provocar el colapso económico ruso; la ofensiva de septiembre de 2022 señalaba el inminente colapso militar ruso, según Francis Fukuyama; y supuestamente los golpes de Estado en Rusia son más inminentes que todo lo anterior junto. Con estos antecedentes es difícil creer hasta que exista una contraofensiva ucraniana, cuanto menos las consecuencias y el impacto de la misma. Aunque, a estas alturas, nada es descartable.

De hecho, si prestamos un poco de atención, en el relato occidental siempre hay un elemento mágico que, por sí mismo, va a ser determinante. Y no me refiero solo a los episodios antes relatados, recuerden cómo los carros de combate Leopard, Abrams y Challenger iban a terminar la guerra por sí mismos. O piensen cómo ahora todos se centran en cómo los F-16 serán lo decisivos que no han sido los carros de combate occidentales ni el botón nuclear bancario, ni las sanciones, ni todo el material militar enviado.

El temor occidental

Estos días, en los medios occidentales, se ha escrito al respecto del temor del fracaso de la contraofensiva ucraniana y las consecuencias que este pudiera tener en los ciudadanos occidentales. Incluso se ha escrito que, aunque no haya contraofensiva, ésta ya ha sido un éxito porque ha forzado a Rusia a fortificar gran parte del territorio.

Sin embargo, el verdadero éxito de esta contraofensiva, real o no, ha sido eliminar del debate occidental la necesidad de seguir apoyando a Ucrania en el conflicto. Como los carros de combate, los cazas, el botón nuclear bancario, las sanciones económicas o la contraofensiva ucraniana van a terminar con Rusia en un suspiro, para qué debatir. Pero el temor empieza a cundir en muchos sectores. Y las grietas son cada vez más visibles. ¿Y si la contraofensiva ucraniana fracasa o no se produce? ¿Aguantarán los occidentales otro gran embuste con el que hacerles creer en la inminente victoria?

Los embustes y las campañas propagandísticas se desgastan a medida que la guerra se alarga, la victoria inminente no se produce y, sobre todo, se acercan las elecciones norteamericanas. ¿Y si los sondeos son muy negativos para los demócratas y deciden que Ucrania y los ucranianos ya no son tan importantes o si los republicanos ganan las elecciones?

En principio, para los medios de comunicación occidentales no hay mayor dificultad, ya encontrarán algo, pero el problema fundamental lo encontramos en que los embustes y las campañas propagandísticas se desgastan a medida que la guerra se alarga, la victoria inminente no se produce y, sobre todo, se acercan las elecciones norteamericanas. ¿Y si los sondeos son muy negativos para los demócratas y deciden que Ucrania y los ucranianos ya no son tan importantes o si los republicanos ganan las elecciones?

He ahí el gran temor en Europa. No es que se tema por Ucrania o los ucranianos, que tienen para Estados Unidos y el resto de Occidente los mismos derechos humanos que los civiles alemanes o japoneses, además de su misma utilidad, servir de carnaza con la que derrotar al enemigo, sino que se teme por el fracaso.

Si no hay contraofensiva o esta no funciona, el paso del tiempo y la inevitable conciencia al respecto de un conflicto prolongado pueden tener una incidencia decisiva en los ciudadanos occidentales. Lo que abriría de par de en par la puerta del abandono occidental de Ucrania.

Es una desgracia para los líderes occidentales que no se puedan convertir ciudades rusas en cenizas como Hiroshima, Nagasaki, Tokio o Dresde «por el bien de la humanidad, los valores democráticos occidentales y los derechos humanos». ¿O sí?

 

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