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Altagracia Salazar
Quienes desde la política de comunicación del gobierno estuvieron sazonando la participación del presidente Luis Abinader en la cumbre convocada por Donald Trump debieron prepararse también para el regreso. No solo para la foto de salida, sino para explicar qué traía el presidente en las manos al volver.
Porque después de tanto anuncio, tanto entusiasmo y tanta expectativa, terminar diciendo que al presidente Trump “le gusta jugar golf en República Dominicana” es un balance diplomático… bastante descolorido.
Una sabe que en toda fiesta el dueño del cumpleaños decide a quién invita, quién se sienta en la mesa y quién se queda mirando desde la esquina. Pero cuando se anuncia la fiesta con tanta fanfarria, lo mínimo que se espera es que alguien reparta algo más que sonrisas.
Estados Unidos no necesita a República Dominicana —ni a casi ningún país de la región— para sus aventuras bélicas. Eso está más que demostrado. Cuando decide actuar, actúa solo.
Anoche mismo lanzaron otra operación que el Comando Sur describe con un término elegante: “ataque cinético”. No sé exactamente qué significa eso en la jerga militar, pero en física básica “cinético” suele implicar movimiento… generalmente de algo que explota.
Para ese tipo de decisiones no convocan cumbres, ni reparten invitaciones.
El propio Trump dijo anoche que la guerra con Irán durará hasta que ese país “se arrodille”, y que no tendrá un líder sin su venia.
Quien habla en ese tono no está montando una obra coral: está dando un monólogo.
Y en un monólogo los demás personajes están ahí solo para escuchar.
La cumbre de Miami fue, en esencia, la versión Trump de una cumbre hemisférica: invitados escogidos por el dueño de la casa, en el lugar del dueño de la casa y con el guion escrito por el dueño de la casa.
Conviene recordar que la cumbre hemisférica que se iba a celebrar aquí el año pasado —y que supuestamente incluiría a todo el continente— terminó descarrilada por las propias directrices de Washington: sin Cuba, sin Venezuela y con México diciendo que no vendría.
El titular de ayer, con Trump diciendo que no piensa aprender “nuestro maldito idioma” mientras el auditorio se reía, explica bastante bien el ambiente del encuentro.
En defensa de los invitados hay que admitir que tampoco tienen muchas opciones: o van, o no van. Y quedarse fuera del salón tampoco es precisamente una estrategia diplomática brillante.
Lo único que tal vez deberían evitar es regresar diciendo que traen algo grande entre manos… y mucho menos que ese pequeño coro representa a América Latina. Porque América Latina, para bien o para mal, es bastante más grande que el salón de un hotel en Miami.
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rewrite this title ¿Qué trajo Abinader de la cumbre con Trump? – Remolacha



